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Detrás del paisaje agreste y la mística hippie que hoy definen a Cabo Polonio, se esconde un pasado oscuro de naufragios, supersticiones marineras y mitos coloniales. Apenas a 850 metros de la costa, desafiando las olas del Atlántico, emerge la Isla Encantada. Este islote, hoy habitado únicamente por una colonia de lobos marinos, es el epicentro de las leyendas más fascinantes del mar uruguayo.

 

De las "onzas" a los "ratones": un mapa de peligro

La isla no siempre se llamó igual. Su bautismo oficial ocurrió en 1526 como Isla de Rodrigo Álvarez, en honor al piloto de la expedición de Sebastián Caboto. Sin embargo, los marinos que se adentraban en estas aguas inhóspitas le otorgaron nombres mucho más descriptivos y temibles.

En 1531, el explorador portugués Pero Lópes de Souza la denominó la isla de Las Onzas, tras sorprenderse al ver grandes felinos americanos merodeando entre las rocas de la orilla. Décadas más tarde, en la jerga de los contrabandistas y corsarios, el lugar pasó a conocerse como la isla de los Ratones. El término no se refería a los roedores, sino al efecto devastador de sus arrecifes ocultos: las afiladas crestas submarinas rozaban, desgastaban y "ratonaban" los cabos y amarras de los barcos mercantes hasta romperlos, dejándolos a la deriva.

 

La maldición de las dos palomas blancas

El nombre de Isla Encantada quedó registrado formalmente en la cartografía en 1826, consolidando un mito que los pescadores artesanales y los antiguos loberos (cazadores de lobos marinos) repetían al calor del fuego.

La leyenda popular afirma que en las cuevas de la roca habitaron, durante más de medio siglo, dos misteriosas palomas blancas. Lejos de ser vistas como un símbolo de paz, los navegantes de origen europeo cargaban con la superstición de que estas aves eran criaturas espectrales. Se decía que actuaban como guardianas eternas de un millonario botín de oro y plata enterrado por piratas ingleses.

La regla no escrita del Polonio era estricta: si una paloma blanca volaba desde la isla y cruzaba la proa de una embarcación, el capitán debía abortar la jornada y regresar inmediatamente al puerto. Desafiar el aviso de las "guardianas" equivalía a una sentencia de muerte en el mar.

 

El misterio de la "brújula loca"

Durante los siglos XVIII y XIX, las bitácoras de viaje de barcos españoles, franceses y brasileños coincidían en un detalle perturbador: al acercarse a la Isla Encantada, las brújulas perdían el norte magnético y sus agujas comenzaban a girar sin control. Las tripulaciones, presas del pánico, atribuían el fenómeno a la brujería costera o a la energía de las almas en pena de los náufragos.

Hoy, la ciencia explica este fenómeno a través de dos factores naturales:

La magnetita: La presencia de este mineral con propiedades magnéticas en los afloramientos rocosos submarinos generaba ligeras interferencias locales en los instrumentos de navegación antiguos.

Las densas nieblas: El choque de las corrientes marinas frías y cálidas produce bancos de niebla repentinos que anulaban la visibilidad, desorientando por completo a los capitanes hacia las rocas.

 

El trágico final del Capitán Poloni

El destino y el nombre de toda la región quedaron sellados por estas traicioneras corrientes en diciembre de 1753. El navío español Nuestra Señora del Rosario, Señor San José y las Ánimas (conocido por los marinos como El Fresdiburg) encalló directamente contra los bajos que unen la Isla Encantada con la costa.

Su capitán, el gaditano Joseph Poloni, logró salvar a su tripulación y rescatar parte de la carga. Sin embargo, se vieron obligados a acampar durante meses en esa playa desolada y salvaje esperando un rescate que tardó una eternidad en llegar. Aquel campamento forzado de supervivientes dio origen al nombre que hoy lleva el pueblo: Cabo Polonio.

Hoy en día, las luces fluorescentes de las noctilucas siguen haciendo brillar el agua alrededor de la isla en las noches de verano, recordando a los visitantes que la magia y el misterio siguen vivos en el último rincón virgen del Uruguay.

Autor: admin