Escuchar artículo

La madrugada platense de aquel 16 de septiembre de 1976 no trajo el frío habitual de la primavera que asomaba, sino el horror más oscuro. Seis adolescentes —Claudia, Francisco, María Clara, Horacio, Daniel y Claudio— fueron arrancados de sus camas, de sus cuadernos y de sus sueños de cambiar el mundo. Tenían entre 16 y 18 años. Su pecado ante los ojos de la última dictadura militar fue reclamar un boleto estudiantil, pero, sobre todo, tener la osadía de pensar un mañana más justo. Hoy, a exactos 50 años de La Noche de los Lápices, el dolor por las ausencias sigue doliendo con la misma intensidad, pero se transforma en un abrazo colectivo que cruza las generaciones.

Las calles de La Plata y de todo el país no amanecieron hoy en silencio. Se llenaron de mochilas, de banderas y del ruido ensordecedor de las murgas y los cantos estudiantiles. Quienes hoy marchan tienen la misma edad que los chicos que pasaron por el infierno de los centros clandestinos de detención. Para los sobrevivientes como Pablo Díaz, Emilce Moler y Gustavo Calotti, este aniversario no es un número más; es el testimonio vivo de que el horror no pudo vencer a la vida. Sus rostros, conmovidos al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional de La Plata, reflejan el peso de una promesa cumplida: la de no olvidar.

A medio siglo de los secuestros, la herida sigue abierta porque seis de esos lápices continúan desaparecidos. Sin embargo, en cada aula pública, en cada pibe que alza la voz por sus derechos y en cada marcha que desafía la desmemoria, queda claro que las fuerzas represivas cometieron un error de cálculo insalvable. Quisieron borrar el futuro que esos jóvenes escribían, pero olvidaron que hay tintas que se vuelven eternas. Hoy, bajo un cielo que vuelve a pertenecerles, el país entero lo grita de nuevo: los lápices siguen, y seguirán siempre, escribiendo.

Autor: admin