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Entre el mate, las caminatas por la rambla y un reloj que perteneció a los constructores de la Plaza de Toros, Don Amílcar descubrió la forma de que el fin de semana dure un poco más.

En el Real de San Carlos casi todos conocen a Don Amílcar. Es ese jubilado que sale a caminar de camisa y gorra cuando baja el sol, el que siempre para a charlar con los pescadores y les tira algún bizcocho a los perros de la cuadra. Un vecino más de Colonia. Pero los pocos que se suelen sentar cerca de su banco de madera, ahí pasando la Plaza de Toros, dicen que en ese pedazo de rambla los mates duran el doble y el sol tarda una eternidad en caer.

El asunto viene por el lado de un reloj de bolsillo que le quedó de su abuelo, un italiano que anduvo picando piedras cuando se levantó el complejo turístico allá por 1908. El aparato estuvo tirado en un cajón durante décadas, clavado a las seis de la tarde, hasta que Amílcar se jubiló en el ferrocarril y le dio por meterle mano. Con una lupa vieja y mucha paciencia, logró que las agujas volvieran a girar. Lo raro empezó después.

Fue un domingo de otoño de esos que dan pena que se terminen. La rambla estaba llena, el sol ya tocaba el agua y la gente empezaba a juntar las reposeras para volverse a casa. Amílcar sintió esa nostalgia típica del fin de semana que se va y, casi sin pensar, sacó el reloj del bolsillo y le giró la rosca un cachito para atrás.

Ahí pasó. Nadie se dio cuenta, obvio. Pero la brisa del río se calmó de golpe, la yerba del mate de una pareja de al lado dejó de humear y los tonos naranjas del cielo quedaron congelados en el horizonte. No fue nada raro ni asustó a nadie; simplemente el tiempo se volvió más lento, como si la tarde se hubiera tomado un respiro para dejar que los vecinos disfrutaran un rato más sin la presión del lunes.

Ahora, cada vez que la semana se viene encima demasiado rápido, el viejo le da una caricia a la rosca del reloj. Por eso en Colonia los domingos a la tarde rinden de otra manera. La gente charla sin apuro, los gurises siguen jugando en el pasto y el río parece un espejo quieto. Amílcar se queda un rato mirando el paisaje, se guarda el secreto en el chaleco y vuelve caminando despacio a su casa, contento de haberle regalado al barrio un par de horas más de descanso.

Autor: admin